viernes, 9 de noviembre de 2007

Me molesta el smoke de las personas que sulfuran, que se aferran a sus ideales sin importar otro. El constante sigilo de los buitres que sin mucho esfuerzo te alientan a caer. No encuentro el día en que no olvidemos y me falta las ganas de seguir en la agonía. Tengo el latido constante de una bolsa traviesa que aun no domina las alturas pero corretea mis esperanzas. Llevo una semana sin verla. Desapareció una tarde de agosto cuando el frío me impedía salir con ella. En ocasiones cierro mis ojos e imagino que estoy junto a ella. Está lejos, muy lejos. Veo montañas y ríos. Nos abrazan las nubes y nos empapan con sus lágrimas (me gusta pensar que son de alegría). Sigo con ella, sobrevolando praderas indescriptibles. Baja inesperadamente y logro visualizar una pequeña casa. De ella sale un anciano y la bolsa lo rodea. Se le ve tan alegre. Trate de hablar con él pero ninguna de mis bocas que yacían en las palmas de mis manos pudo hacer el más mínimo ruido. Los seguí hasta el patio trasero donde el anochecer llegó sin pedir permiso y sin respetar los protocolos de entrada o salida. Había una pequeña fogata y alrededor de ella varias bolsas. El anciano me mira directamente a los ojos y luego desvía la mirada hacia el atractivo monumento rojizo. Mi bolsa y yo mantuvimos contacto visual hasta que comprendí. Al principio no quería, era mi bolsa, mi compañera. Con ella aguantaba los días, mantenía firme mis pensamientos, me daba el valor de asumir el reto. Pero comprendí. Tal vez muy rápido, pero no fue fácil. Tenía que dejarla ir. Cumplir su ritual. La sentí casi en mi oreja. Me susurraba polen, rocío y por último una sonrisa. La veía desintegrarse en las llamas, la alegría se hizo canción. Fue su último acto, su última enseñanza. Me abrió la puertas a la libertad. Mantuve los ojos cerrados por un instante y luego desperté. Solo. Mis bocas hablaban, ya no guardaba silencio, aun así lo hice. Me levanté y salí al balcón con la diferencia que hoy veía el mar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

y ahora las mariposas cantan la canción que dice siempre siempre siempre
antes de empezar habia finalizado mi trabajo.
La rason la sabemos pero no la entendemos
Lo ancho lo captamos pero no lo percibimos
cuantos lados tiene la tercera dimension
como decir q sigues martirizando el colibri de amor entre los dientes
y pasan las canas pero el tiempo continua
dos veces mas estoy menos segura
ahora soy mujer antes era curandero
soy el despojo del deseo
y mi alma grita onomatopellas
que solo las onomatopellas entienden

Rainier Raydan dijo...

jajajaja ojala escribiera como tu jajaja es lo maximo

araya goitia leizaola dijo...

ahh rainier muy surreal!
que bueno leerte. supongo que las mejores ideas vienen cuando estas lejos de casa? no se, como lo sientes? un abrazo